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domingo, 8 de julio de 2018

El poder de la conciencia colectiva

Viene de: 

En un momento dado, convenimos en que era necesario llamar al misterioso organizador de la gira para cantarle las cuarenta. Con el manos libres puesto, Héctor le detalló cada punto de nuestra delirante historia, sin mostrar enfado alguno. Al terminar, un profundo silencio se hizo al otro lado del cable.
―Mandé un e-mail ―dijo por fin la voz―. Mandé un e-mail a todos los grupos que iban a tocar en esa sala para decirles que el sitio cerraba.
Silencio.
―¿Y no consideró que, dada la inversión que hacen los grupos para desplazarse de una comunidad a otra, hubiera sido más prudente llamar por teléfono? Así se hubiera asegurado de que todo el mundo recibiera el aviso.
De pronto, Javier, que había permanecido todo el rato con los puños apretados, arrancó el teléfono de las manos de nuestro teclista y se encerró en el baño. El fragor de su ira se percibía sordo, como si se hubiera desatado a varios metros bajo la tierra.























―Nuestro «Jabo» tiene la costumbre de decir las cosas tal como son ―explicó Mar al desconcertado anfitrión, que acababa de regresar para cerciorarse de que estuviéramos a gusto.
―Tal vez pueda hacer algo para enfriar el ambiente ―contestó él.
Y, buscando rápidamente en uno de los rincones de antigüedades, el hombre se hizo con un viejo tocadiscos portátil. Puso la aguja sobre los surcos, con gran delicadeza, y ese gesto transformó al joven de barrio que habíamos conocido en una persona infinitamente sofisticada. Sonó la misma canción de Billie Holliday que habíamos escuchado, horas antes, en la radio de la furgoneta.

«Los árboles del sur sostienen extraños frutos: sangre sobre las hojas, sangre en las raíces». Su lamento nos arrebató las entrañas, vaciándonos por dentro del mismo modo que una fiebre alta. Jorge, mirando absorto por la ventana, contempló cómo una mujer de edad avanzada se acercaba a las obras del muro, cargada con un saco. Encaramándose a los escombros, consiguió vaciar el contenido del mismo dentro de la avenida interior: plumas. Plumas blancas y livianas que se extendieron rápidamente por el pavimento de tierra y volaron a gran altura, silueteando los bordes irregulares del paredón parcialmente destruido. Por supuesto, no tardaron en aparecer los agentes de policía.

Con enorme violencia, la bajaron del montículo de escombros, la ocultaron tras sus fornidas figuras y, cuando por fin fue posible volver a ver a la anciana, ésta permanecía en el suelo, esposada, insultando a los agentes con una sonrisa picaresca en los labios.
―Pasa todos los días, desde hace treinta años ―explicó nuestro anfitrión―. Estas pequeñas rebeliones son nuestra única forma de hacernos ver, de no desaparecer.
Abrió entonces la ventana y tomó un puñado de plumas, de entre los cientos de miles que aún flotaban y volaban cada vez más alto. La canción de Billie Holliday acabó justo en ese punto.

Nunca supimos a ciencia cierta cómo fue la conversación entre Javier y la voz telefónica, de cuya existencia jamás volvimos a tener noticia. En medio de una profunda calma, el móvil fue devuelto a nuestro teclista, impoluto, pues el poder de las máquinas reside en que no son capaces de distinguir entre una discusión huracanada y una palabra de ternura.

Salir de fiesta por la noche nos ayudó a olvidar la crudeza con la que el día nos había tratado. Sin embargo, nuevas imágenes de la locura nos asaltaron al rayar el alba. Jorge, que siempre permaneció fiel a su puesto junto a la ventana, contempló cómo una multitud se fue congregando, sombra a sombra, allí donde la anciana había sido arrestada por los agentes. Cada una de las figuras llevaba un saco, posiblemente lleno de plumas, y el silencio que guardaban helaba la sangre. Cuando el silencio se hizo atroz, nuestro guitarrista nos despertó.

―Esto va a acabar mal ―sentenció Javier con su habitual rotundidad―. Si nos vamos ahora, no saldremos mal parados.
Pero la irrupción de nuestro anfitrión frustró cualquier atisbo de fuga. Nos entregó varios sacos, algunos de ellos vacíos, y una estaca con la que habríamos de reventar varias almohadas y abrigos viejos.
―Por favor, uníos a la lucha por un día. Os prometo que será emocionante.
Desde el papel de las paredes, algunas aves del paraíso comenzaron a brillar, iluminadas por los primeros rayos de sol.

En la calle, la multitud colapsaba ya las calles aledañas. Nadie hacía un solo ruido, nadie pronunciaba una palabra, ni siquiera los padres que entregaban bolsas diminutas a sus niños y les explicaban, con gestos, cómo lanzar el plumón cuando llegara el momento.

Y el momento, por supuesto, llegó. Las sirenas de la policía, irritantes, resonaron desde lo profundo del barrio y una misteriosa conciencia colectiva dio la señal de lanzar al aire el contenido de los sacos.
―No os mováis de vuestro sitio ―se oyó aconsejar a varias personas―. No os mováis, peligro de avalancha.
Para entonces, la nada ya se había desatado en el lugar: en la tormenta de satén, desaparecieron los edificios, las aceras, las personas… el muro. Desapareció también el sufrimiento, la angustia por mantener tu vida y tu casa; desapareció la rabia sarcástica de la anciana, que sonrió a los policías que la humillaron. Durante mucho tiempo, todo desapareció bajo la acción repetitiva de agarrar plumas y lanzarlas. Cuando el paisaje urbano volvió a dibujarse, el gentío corrió en todas direcciones, huyendo de los antidisturbios, que avanzaban sobre un manto blanco.

―¿Cuándo se supone que os van a escuchar? ―preguntó Mar a nuestro anfitrión tras reunirnos de nuevo en el hostal.
―A mí me gustaría escucharos antes a vosotros, en directo―respondió él―. Nuestra lucha va para largo, pero la vuestra… He oído la maqueta que me disteis y os veo capaces de romper los esquemas de vuestro arte. Vais a hacer cosas que nunca antes se habían escuchado.

Ésta es la historia de una gira que no tuvo lugar. La gira de un grupo aún principiante en la que aprendimos cosas insólitas y nos enfrentamos cara a cara con ese monstruo intangible que es la frustración. Cuando la torre gótica volvió a desvanecerse en la calima, sentimos que algo importante se nos quedaba atrás. Tal vez un pedazo de nuestras almas siga madrugando todos los días para luchar contra el muro, para evitar la destrucción de su barrio, para no desaparecer en el rumor interminable de las obras.


sábado, 2 de junio de 2018

Atrapados por el muro de la vergüenza

Una torre gótica emergió de pronto entre la calima. Las líneas de palmeras, los apartamentos y los demás objetos del paisaje no eran sino fantasmas, dibujados al carboncillo sobre un lienzo de arena.

Vinimos a esta ciudad con la intención de dar un concierto. La inexperiencia ―porque esto ocurrió hace mucho tiempo― nos llevó a confiar nuestra gira a una voz telefónica. A su dueño jamás le estrechamos la mano, ni tampoco le miramos a los ojos para tratar de adivinar un gesto de engaño o una muestra de honestidad. Su existencia era tan difusa como cualquiera de los frutales aparecidos a ambos lados del asfalto.


Según tomamos las primeras calles del extrarradio, nuevas estructuras comenzaron a inquietarnos: dos altos y extensos muros a medio construir delimitaban un espacio interior, algo así como una amplia avenida, de la que a duras penas se divisaba algo. Las indicaciones del GPS nos fueron acercando cada vez más a uno de estos muros, que amenazaban con despojar de su espacio vital a los pisos de las inmediaciones.

―Parece que ha habido una batalla campal ―exclamó Javier, nuestro bajista, con esa solemnidad que le sale a veces.
La causa de su comentario se hallaba en los escombros, que a veces crujían bajo las ruedas de nuestra furgoneta; también en los muebles viejos utilizados para alzar barricadas, los pedazos de hormigón derribados a golpe de maza, la desnudez de las mallas metálicas, retorcidas por la rabia de muchos seres humanos. ¿Qué clase de vacío pretendían proteger aquellos muros? Los tramos destruidos apenas dejaban ver algo del otro lado, acaso una larga lengua de tierra recién apisonada que avanzaba desde los campos hacia el centro de la ciudad. 

Jorge condujo cada vez más despacio. Desde la radio, Billie Holliday nos interpretó su «Strange Fruit» con amargura, como echando un manto negruzco sobre la devastación que nos rodeaba. Ya que el muro y los bloques de viviendas no estaban trazados en paralelo, el ángulo resultante acabó por engullir la calle. La vía se hizo tan estrecha que era imposible continuar el trayecto en furgoneta.
―¿Y el número 21? ―se preguntó Mar, descendiendo del vehículo y caminando hacia el último portal―. ¡Éste es el 17!

La calle continuaba, efectivamente, en forma de angosto corredor. Los vecinos de esta parte de la vía estarían condenados a vivir en penumbra, sepultados por un muro que podrían tocar desde sus terrazas, sin apenas extender el brazo. David, curioso, se adentró en este tramo, y vio los portales, la acera, una porción de la antigua calzada interrumpida abruptamente por la pared de hormigón; vio también a una niña que mecía a un hurón entre sus brazos. Al notar la presencia de un desconocido, el animal se precipitó al asfalto y persiguió a nuestro batería durante algunos metros. Pero su periplo no terminó ahí.

Cuando regresó con nosotros, se encontró con que unos policías nos estaban increpando.
―¿Por qué han accedido al corredor? ¡No pueden acceder al corredor sin autorización!
―Buscamos una sala de conciertos…
―¡No hay salas de conciertos! ¿No lo han entendido? Está prohibido estar aquí…

Y, entonces, repararon los guardias en la indumentaria de David, con su gabardina de cuero negro y sus cadenas. Sin más dilación, pretendían llevárselo a comisaría, convencidos de que aquellas «armas» podrían utilizarse para destruir las instalaciones. Con toda la soberbia del mundo habrían conseguido su propósito si no fuera por la intervención de un hombre minúsculo, de apariencia andrógina y genio desatado, que salió del portal número 15 para discutir con ellos. Lo retuvieron, miraron su documentación con escrúpulo, intentaron ponerle agresivo con tal de tener una excusa para arrestarlo. Nada. La bravura inicial se hizo hielo, de modo que los hastiados agentes acabaron por comunicarle una denuncia; una más ―luego lo sabríamos― de la más kafkiana de las colecciones.

El cálido abrazo que quisimos dar a ese hombre por su ayuda se vio truncado por una sola frase, llena de sequedad.
―La sala de conciertos cerró.
Su aparente antipatía no impidió, sin embargo, que nos condujera a una pequeña pensión, regentada por él mismo, donde nos alojaríamos aquella noche.
―Hemos reservado en otro hotel, dos calles más arriba…
―Ese hotel ya no existe. Ni tampoco las dos calles.

Mientras aquel hombre nos contaba la historia de los muros, de su devastador avance y de la ignota avenida interior, fuimos conducidos a través de escaleras y pasillos llenos de antigüedades. Los objetos más insólitos se apilaban en cada rincón… Un teléfono de tubos, un balancín de madera con forma de caballo o una enorme muñeca vestida de satén con la que el bisabuelo de nuestro anfitrión habría jugado sin temor al qué dirán, ya que «en otro tiempo, los juguetes eran un bien escaso y no te quedaba más remedio que valorar lo que tenías».

Nos instalamos ligeramente hacinados en una habitación de cinco camas. Desde el papel grana y dorado de las paredes, unas maltrechas aves del paraíso parecían esperar la noche para salir del estampado y perturbar nuestros sueños. Todo estaba ligeramente ennegrecido, pero no por la mugre, sino por el tiempo.

En un momento dado, convenimos en que era necesario llamar al misterioso organizador de la gira para cantarle las cuarenta. Con el manos libres puesto, Héctor le detalló cada punto de nuestra delirante historia, sin mostrar enfado alguno. Al terminar, un profundo silencio se hizo al otro lado de la línea.

Continuará...


Elementos del fotomontaje:

1. Mar Souan:  © Clara Paradinas
2. Catedral de Colonia:  © pxhere.com

sábado, 5 de mayo de 2018

Cuando el alma se aterra en secreto

Nuestro regreso a Radio Utopía nos aportó algunas reflexiones sobre la deshumanización. Habíamos atravesado las calles desiertas de San Sebastián de los Reyes. Habíamos sorteado los monstruos de vidrio con que sus barrios de industria y oficinas desafían a la noche opaca. De la nieve de los parques emergimos para adentrarnos en una nave de pasillos eternos. Siempre los mismos muros de blanco nuclear, siempre un puñado de siglas en cada puerta: cada corredor desemboca en mitad de otro, multiplicando por dos, por cuatro y por treinta y seis la indecisión del visitante. Tan sólo una placa rompe con la monotonía de las siglas:

RADIO UTOPÍA

Javi G. Carballal y Nuri Jané nos abren enseguida. Ellos son los responsables del programa «Metal Korner», si bien lo que nosotros les llevábamos no tenía mucho que ver con el Metal. Como es habitual, habíamos recurrido a nuestro formato de voz, guitarra acústica y clarinete, para erigirnos en una suerte de trovadores futuristas. Extraviados en la modernidad más gélida, estos trovadores han decidido seguir cantando sus gestas, envolviéndolas en un manto de sueños opresivos, aquellos que te hacen encarar el mundo con la dosis justa de pesimismo.


El diálogo que se desata entre canción y canción nos llena por dentro. Mar es la portavoz de nuestras reivindicaciones. Javi Carballal, por su parte, demuestra ser un gran conversador, que entiende nuestros miedos y los pone en común con los de toda una generación de músicos que clama por ser escuchada. Desde el maremágnum de fotos que puebla parte de las paredes, los rostros de esta generación nos observan.

―Quizás algún día, Jordi Évole grabe su programa en una fábrica donde ensamblen a los músicos en una cadena de montaje ―evoca Javier con sorna, y también con desesperanza.
La imagen nos da vueltas en la cabeza. Su crudeza nos hace reflexionar sobre nuestro papel en la industria y aún perdura cuando, tras despedirnos de Javi y Nuri, el calor de su trato desaparece al otro lado de la puerta. Ambos son personas comprometidas. Si ven que tu proyecto se ha quedado tirado en la carretera, no dudarán en adentrarse contigo en los entresijos del capó.

Ahora ya sólo nos quedan el temor y el frío de los pasillos, que siempre desembocan en mitad de otros pasillos más largos y multiplican por dos el número de decisiones a tomar. Parece que nos halláramos en una fortaleza mitológica, destinada a evidenciar lo absurdo de la existencia.

En algún momento, tenemos la sensación de llegar al corazón del laberinto. Las tinieblas nos desorientan, el temor al Minotauro se presiente en nuestras pieles, pero las estancias vacías nos hacen advertir que, en un laberinto moderno, la presencia de un monstruo es completamente ineficaz. Allí donde los requerimientos administrativos te hacen ir de ventanilla en ventanilla, en busca de sellos y formularios que justifiquen otros formularios; allí donde el universo de Kafka cobra la forma de un sueño tan real que da escalofríos; allí, la presencia del vigilante absoluto pierde todo su sentido, porque el monstruo es el propio laberinto: sus despachos, sus cámaras de vídeo, cada una de las almas que cobran, compulsan papeles y mantienen la rueda en movimiento.

Un hombre que despide un fuerte olor a menta tropieza con nosotros en un recodo. Sabemos que es casi ciego porque sus dedos no se separan de la pared y sus ojos grises parecen mirar al cielo, sin fervor.
―¿Se ha perdido? ―pregunta Mar, justo antes de tomar conciencia de lo absurdo de la cuestión. Detrás de ella, nuestro bajista niega con la cabeza.
―Yo trabajo aquí ―responden el hombre y su fragancia―. Este complejo nunca cierra.

Tras mucho vagar por los corredores, el frío cortante nos avisa de que la salida está próxima. Qué alivio. De nuevo, el asfalto crujiente de nieve, la brisa bufando en los oídos, el silencio que, pese a ser medianoche, se nos hace extraño en un área urbana como ésta. Un crepitar lejano nos hace acelerar el paso de regreso a los coches. Movidos por una suerte de curiosidad imprudente, esperamos dentro de los vehículos, con el motor apagado, a que el crepitar se aproxime hasta ensordecernos. Cascos de caballos sobre el asfalto.

Caballos zaínos y de blanco satén, caballos también de matices cenicientos, pero en ningún caso de color rojizo o parduzco, trotan por parques y avenidas, pisoteando los aloes mustios de las acequias o deteniéndose a mirar su imagen reflejada en las lunas de los automóviles. Forman una multitud lenta y vaporosa, que nos transmite sentimientos complejos de expresar: nos invade una suerte de pavor sutil, y en el centro de ese pavor se fragua la calma. La calma es placentera a la par que melancólica.


Cuando arrancamos los coches e intentamos circular, algunos equinos parten al galope y contagian su sobresalto al resto. La delicadeza con la que conducimos a través del bulevar es insólita en nosotros, pues no nos queda más remedio que acompañar a estos animales en fuga.

Ya que en la mente de las personas siempre queda el impulso de aferrarse a la cotidianidad, de buscar el sentido a los sucesos por extraños que estos sean, no podemos evitar el gesto sencillo de encender la radio y explorar el dial hasta dar con una noticia que justifique la multitud de caballos a nuestro alrededor. Durante horas y días lo hemos intentando en vano. Aquella noche, tras fatigar las ondas sin encontrar una respuesta, Jorge dejó sonar un descarnado blues mientras veía a los últimos caballos desaparecer tras una torre acristalada. Mar, por su parte, tropezó con la voz de Dolores O’Riordan y sintió, de manera aún más intensa, la calma compleja que hemos tratado de explicar antes.

En Neverend conocemos bien nuestra capacidad de atraer oráculos, de detectar a personas y sucesos enigmáticos que, de alguna forma, nos aconsejan sobre el camino que debemos tomar para no precipitarnos al abismo. Si la masa de caballos constituye uno de esos indicios, no podemos hacer otra cosa que rendirnos ante lo intrincado de la metáfora. Tal vez el futuro nos ayude a descifrar, acaso parcialmente, la incógnita. O tal vez para entonces ya sea demasiado tarde. Por el momento, tan sólo podemos permanecer atentos a nuevos oráculos, pensar en las miradas de aquellos animales solemnes cuando la adversidad intente extraviarnos en su laberinto y despreciar ese refrán que dice: «una imagen vale más que mil palabras». Para nosotros, cinco palabras nítidas valen más que una imagen oscura.


Imágenes:

1. © Javier Gómez

2. Montaje
Fotografía de Neverend: © Clara Paradinas
Rascacielos: © matthewrivett.blogspot.com
Caballos: © bestfon.info


martes, 10 de abril de 2018

Oráculos II: El último peldaño de la infancia

Viene de:
Oráculos I: el desafío del jardín geométrico

A través del jardín geométrico, deshacía su andadura la pequeña Mar Souan. No llevaba el animal musical en sus brazos. Como todas las decisiones acertadas, la suya sabía amarga al principio y llenaba su alma de inseguridades. Anhelaba el calor de la criatura, su tupido pelaje bajo los dedos.

La irrupción de una lluvia fina sacó a Mar de sus cavilaciones. Advirtió de pronto que la penumbra envolvía los tilos e intuyó ―creyó intuir― que, en alguna opulenta estancia, profesores y compañeros de clase vivirían momentos de angustia por no encontrar a la niña perdida. Tal vez su nueva vocación estaba a punto de naufragar ya desde el principio, sólo por aquel acto irresponsable que bien podría acarrearle la expulsión del coro.


Casi sin aliento, subió Mar por la escalera de mármol. Cabría pensar que al final de la misma encontraría el grueso acceso al vestíbulo, las ventanas con losanges de colores, el clásico mayordomo de cine ―y esto ya es un cliché― que, con rancio acento, entonaría:
     ―Gracias a Dios, ha aparecido.
     Sin embargo, el último peldaño nos hace viajar con Mar en el tiempo. La escalera termina en un escenario donde los demás miembros de Neverend ocupan ya sus puestos. Han pasado quince años en un suspiro y, por primera vez, cumplimos el ritual de juntar nuestros cinco puños antes de lanzarnos a las tablas. Desde entonces, la ceremonia se ha repetido mil veces, siempre con el alma henchida de inquietudes, siempre con la misma frase de Javier, obscena pero entrañable.

Cada vez que una banda emerge de la materia oscura, un panorama de angostas salas y sombríos suburbios se desvela ante la misma. Es el circuito inicial, cuyos escenarios ―en caso de haberlos― albergarán sus primeros pasos. Para nosotros, fue una experiencia inquietante debutar en un espacio semejante a un gran tablero de ajedrez: desde la pista, losas negras y blancas nos retaban a defender nuestra propuesta, ya fuera como peones, como reyes… o encaramados quizás en lo alto de una torre.

     ―Hace tiempo se despertó una bestia de un sueño de eternidad ―con estas palabras, arrancó el reto en vivo. Obligado es advertir que no se trata de una frase traducida: efectivamente, el español fue el idioma de nuestras primeras letras.

Más singular que la idiosincrasia de estos locales suburbanos, es una parte del público que a ellos acude. Por detrás del muro formado por tus amigos y familiares, surgen las figuras de seres solitarios, de actrices y actores de barrio, de reputados críticos callejeros y eruditos proletarios, siempre deseosos de caer en la noche y abrazar sus múltiples peligros. Alguno de ellos se ha colado en el backstage para aconsejarte:
     ―Yo estuve donde ahora estás tú ―te dice, y entonces te fijas en las manchas de grasa de motor que aún se adhieren a sus dedos.
    ―Los mismísimos Sonic Youth… ―el erudito te ha invitado a una copa―. Incluso los mismísimos Sonic Youth, que dinamitan los esquemas clásicos de melodía y armonía, mantienen la parte rítmica de la batería, porque ese lado primitivo del corazón humano no concibe un mundo sin ritmo.
     Es posible que un tercer personaje se acerque, hurgue en la conversación y se marche, poco después, sin pagar lo que ha bebido.

Fue al concluir ese primer concierto cuando Mar tuvo una segunda revelación. Aun hallándose de espaldas y a punto de abandonar el local, reconoció nuestra cantante al oráculo, la mujer de edad inestimable, la de las grises hebras de cabello. Movida por una inquietud muy antigua, cuyo recuerdo había casi desaparecido, corrió Mar a su encuentro.
     ―Veo que has tratado bien al otro animal, al que de verdad sabías educar ―pronunció la mujer después de girarse.

Nadie podría referir a ciencia cierta la breve conversación que mantuvieron Mar y aquella sabia enigmática, de cuyas ropas aún se desprendía una esencia de tierra húmeda. Los demás integrantes de Neverend presenciamos tan sólo el acertijo final:
     ―Vais a lograr grandes cosas, pero no será en este idioma.
   Su atuendo de trabajo, la luz turbia y un cuadro donde constaban, en forma de árbol genealógico, las distintas corrientes del arte abstracto, otorgaron un dramatismo innecesario a aquella frase, de modo que en el grupo pensamos que se trataba de uno de tantos personajes vacíos que vagan por los extrarradios, en busca de reconocimiento. Sin embargo, algo cambió en nuestro parecer cuando Mar trató de seguir, en vano, a su interlocutora.

Una vez más, la sublime pastora se había esfumado. Nuestra vocalista permaneció largos minutos en la calle, escrutando cada esquina, dejándose hipnotizar por el gruñido de máquinas que aún funcionaban en lo profundo de una fábrica. Bajo los cipreses de una glorieta creyó ver una hilera de pavos reales y sólo volvió en sí cuando una lluvia fina le humedeció el cabello, que por aquel entonces era negro.

domingo, 4 de marzo de 2018

Oráculos I: El desafío del jardín geométrico

De aquel colegio se decía que era una burbuja británica en medio de Madrid. Allí, la pequeña Mar Souan fue preguntada por Shakespeare antes que por Cervantes y aprendió solfeo dentro de los estándares ingleses. A la hora de escoger instrumento, se decantó por el violín, tal vez por seguir los pasos de su abuelo, porque, quizás algún día, ella también llevaría las obras de los grandes compositores de ateneo en ateneo. 

Pero el idilio duró poco. Aquel aparato, tan bello y tan preciso, era como un animalito indomable que huía de los brazos de su ama, ponía el aula patas arriba y, trepando a lo alto de las estanterías, emitía un lamento punzante. Mar sentía contra su cuello el latir de aquel corazón diminuto, completamente ajeno, y se hastiaba al comprender que el pulso del animal musical jamás se correspondería con el pulso de la intérprete.

La inscripción en el coro escolar cambió las cosas. Esta vez, el instrumento se hallaba perfectamente integrado dentro de su cuerpo, obligado por ley natural a seguir los latidos del propio corazón, sin rebeliones, sin zarpazos, sin quejidos.

El coro dio a Mar la oportunidad de visitar Reino Unido y actuar en público. Fue en casa de un distinguido caballero británico donde un presagio misterioso precedió al concierto. Tanto para los profesores como para los demás niños, la velada transcurrió dentro de esa lánguida normalidad de la alta sociedad inglesa. Sin embargo, para la futura cantante de Neverend hubo una pequeña variación, una anécdota de esas que se olvidan y resurgen en la memoria mucho tiempo después, cargadas de significado.

Atraídas por los setos con formas de animales, la niña y su voz se adentraron en lo profundo del jardín, desafiando la estricta vigilancia de los adultos. Había algo angustioso en aquel lugar, algo que no tenía que ver con sus simetrías, sus galerías opresivas o los tilos a cuyos pies no yacía pétalo alguno, pues todo residuo natural era inmediatamente retirado por el personal de la finca. Al fin y al cabo, la pequeña Mar disfrutaba con aquel mundo perfeccionado de la misma manera que disfrutaría después con la realidad mejorada de los videojuegos, mucho más atractiva que la cotidiana. Cuántas veces envidiaría a esos héroes y heroínas virtuales por su capacidad de recorrer enormes distancias de un solo salto, de altura en altura, sin miedo a caer.

De pronto, allí donde las formas geométricas se interrumpen, Mar se topa con alguien. Es una mujer de edad inestimable, vestida con ropa de trabajo, que huele como los árboles cargados de lluvia y como la hojarasca sorprendida por el chaparrón. Así era la esencia primitiva del mundo antes de que los perfumes sintéticos cambiaran nuestra forma de percibir los olores. Su mirada gris, profunda, se encarga de vigilar a media docena de pavos reales que, dispersos por la pradera, la llenan con sus chillidos y sus plumas de azul intenso.

―¿Te has perdido? ―pregunta la mujer. Su voz es solemne, alejada del empalago con el que normalmente hablamos a los niños.
Mar guarda silencio, o tal vez responde algo que ella misma no recuerda. En algún punto de la breve conversación, la mujer muestra a nuestra cantante un pequeño animalito que ha guardado todo el rato en su regazo.
―¿Quieres tenerlo tú un momento? Pero ten cuidado, no se despierte.
A pesar de no haberlo visto nunca con sus propios ojos, la niña reconoce enseguida el alma del animal musical. Ese animal rebelde que se ocultaba en su violín, que dificultaba su aprendizaje y latía a un ritmo distinto al del corazón de la intérprete.
―Yo quería tocar el violín, pero él no me dejaba ―se quejó Mar, sintiendo rabia y a la vez cariño hacia la criatura.

Resulta complejo imaginar a una niña explicando, en sus propias palabras, la voluntad de plantearse un objetivo difícil y el miedo a fracasar en él, así como la sensación de decepcionar a sus allegados cada vez que el desafío no llega a buen puerto. Mar se las apañó para hacerlo.
―Mar, ¿tú disfrutabas con el reto que te habías impuesto?
Silencio.
―A mí me parece, Mar, que nunca te has dado por vencida, y eso es muy bueno. Es verdad, has dejado un reto que no te apasionaba, pero no pasa nada. ¿Acaso no ves que has escogido uno mucho mayor, uno en el que tienes muchas más posibilidades de superarte?
Ante la mirada perpleja de nuestra cantante, esta mujer elocuente, poseedora de la más extraña de las sabidurías, se aparta dos hebras de cabello gris que el viento ha colocado sobre su rostro, y lanza, cual oráculo, su sentencia:
―Mar: estás destinada a lograr grandes cosas. Pero no será con el violín. Será con tu voz.

No del todo contenta con lo que esta frase le depara, la futura vocalista de Neverend pregunta si puede quedarse con la criatura, con el pequeño animal musical que aún duerme entre sus brazos. La mujer responde con una nueva pregunta, una pregunta muda, que camufla en su mirada sin llegar a expresarla con palabras. Acto seguido, llama a los pavos reales con un silbido sordo y, mientras las aves se colocan en fila india detrás de su pastora, vuelve ésta a lanzar la misma pregunta. Esta vez, sí lo hace con los labios.
―Puedes llevártelo si quieres. Pero… ¿crees que es lo mejor para ti?

Una descomunal indecisión envuelve de pronto a Mar. Adoptar o no adoptar a aquella misteriosa mascota podría parecer una disyuntiva muy simple, pero entrañaba hondas consecuencias en el camino de su vida. Desde el plumaje de los pavos reales, decenas de ojos la miraban, impacientes. La pastora, en cambio, miraba hacia el horizonte, tranquila, como si ya conociese la elección que la niña estaba a punto de tomar…

martes, 16 de enero de 2018

TAP Music Awards: la gala a la que los fabricantes de hits no querían que fueses

¿Te imaginas que un día te dicen que todo cuanto has hecho por encontrarte a ti mismo, haciendo lo que amas, no sirve para nada? Porque en el mundo ya está todo inventado y, si quieres ser original, nadie te va a escuchar. 

El veneno del pensamiento conformista se manifiesta en frases como éstas. Sus efectos son especialmente nocivos en personas que se dejan llevar fácilmente por la banalidad de las modas, que sienten miedo de ser censurados si leen, ven o escuchan algo que no se encuentre en primera línea de actualidad. Cuántos artistas, dándose por vencidos, habrán hecho caso a los consejos de estas mentes dormidas para confirmar, al cabo del tiempo, que el miedo al fracaso es la vía más directa al fracaso mismo.


Desde hace algunos años, hemos ido conociendo a otras bandas y artistas que, como nosotros, se han mantenido firmes ante aquellas voces que nos aconsejaban no destacar entre la multitud. A razón de seguir nuestro propio código, hemos juntado fuerzas, coincidiendo a veces en el mismo sello discográfico o siendo representados por el mismo mánager. Así, unidos en un sólido carcaj, los que parecíamos frágiles flechas hemos impedido que las fuerzas del conservadurismo nos dobleguen, logrando, incluso, que nos vean como creatividades hostiles.

Los años de resistencia han acabado por dar su fruto. De pronto, medios de gran envergadura como Mediaset, Radio Nacional de España o Telemadrid se han interesado por nuestro trabajo, abriéndonos una ventana allí donde antes veíamos un muro infranqueable.

No es un capricho del destino que varias flechas del carcaj de Top Artist Promotion nos uniéramos otra vez para ofreceros el concierto del año. El evento organizado en la madrileña sala Copérnico, el pasado 11 de Noviembre, pretendía, por un lado, festejar las posiciones ganadas en nuestra batalla y, por otro, conquistar nuevos emplazamientos en la memoria colectiva.


Contrabanda, La ley de Mantua, Sin y Neverend… caras conocidas que el cartel había reunido en un punto crucial de su carrera: aquél en el que sales al frente y te das cuenta de que has perdido el miedo. Porque perder el miedo no es tan fácil. En los puestos de vanguardia, hay cristales de hielo que se clavan en la piel a cada estallido de artillería, los territorios hostiles se hermetizan con un velo de afilado alambre y las tempestades se adhieren a lo profundo de tus huesos. Siempre habrá censores dispuestos a dispararte, heraldos que inventan noticias sobre tu muerte, y, desde la seguridad de retaguardia, oirás voces que proclaman la facilidad con que ellas mismas crearían una música igual o mejor que la tuya. Convivir en el páramo con tales fantasmas es una experiencia aterradora. Y no nos avergüenza reconocerlo: hemos sentido miedo.

Bajo un cielo sucio, cercado en angostas galerías por las casonas del barrio de Argüelles, esperábamos a que la Copérnico nos abriera su puerta trasera para entrar con los equipos. Nuestra conversación languidecía en ráfagas de olor a vino agrio y, de haber estado atentos, hubiéramos reparado en las figuras que Kepa, nuestro técnico de sonido, era capaz de hacer con el humo de su purito: copos de nieve, trastes, cuerdas, conectores… Su respeto por los no fumadores, sin embargo, lo llevó a apartarse discretamente y disfrutar para sí de esta sublime habilidad.

La llegada paulatina de nuestros compañeros de cartel envolvió la calle en un denso murmullo. Así como un acople de micrófono se incrementa hasta el dolor, la letanía fue hinchándose para estallar en alboroto: un alboroto festivo que ni siquiera la apertura del portón logró aplacar.

Por la escalera ennegrecida bajaron las voces, desde la calle hasta el corazón de la sala. Algunos nos llegamos a preguntar por qué la primera vez que descendimos, el acceso parecía estrecho y retorcido, y las siguientes veces, se nos fue antojando más amplio, más luminoso.
―Hoy día, somos muchas las salas que contamos con este sistema ―respondió un encargado cuando le preguntamos por el fenómeno―. El laberinto se desplaza y cambia la configuración de los pasillos.
Lo sorprendente de la respuesta hizo que a Jorge se le cayera una púa con la que distraía sus dedos nerviosos.

Ya sabéis que los montajes y las pruebas de sonido son algo muy rutinario. Cuando hay mucha gente transportando bultos, moviendo equipos, conectando y desconectando, suelen surgir roces, nerviosismo, pequeñas discusiones… Lorenzo, organizador del evento y mánager de casi todas las bandas, se mostró hábil en detectar esos hilos de tensión que amenazaban con enhebrarse. De pronto, se presentaba con una copa de vino o una bebida energética y sugería:
―Chicos, sed pro-activos ―pero su calidez no estaba exenta de un cierto apremio, de un tener los pies en la tierra.

En medio del tumulto, Kepa permanecía imperturbable. Envolviéndose en un profundo manto de calma, se puso a los mandos de la nave durante la prueba de sonido. Un timón ornamental lo vigilaba a pocos metros, pues todo aquel que haya visitado la Copérnico recordará el espacio decorado al estilo de un barco de antaño. 
―Habéis sonado mejor que nunca ―nos confirmarían varios seguidores después de la actuación.

Casi sin darnos cuenta, la noche se nos echa encima. El resplandor turbio de la sala se transforma en una atmósfera oceánica, viva, como si el fondo del mar se extendiese sobre nuestras cabezas sin tocarnos. Desde la penumbra del backstage, te atrapa el hambre de escenario, la pulsión de saltar sobre esas tablas y dejarte llevar por el devenir de las aguas. Ayudada por David y Héctor, Mar se desliza dentro del outfit a rayas blancas y negras que algunos medios, presentes en la sala, mentaron con admiración en sus críticas.

Y ya no queda tiempo. Estamos delante del público, encarando el apocalipsis con esperanza, defendiendo el derecho a aislarnos del mundo cuando éste nos oprime demasiado, describiendo la noche de terrores y abriendo un pasadizo luminoso por el que escapar de la misma.

Tampoco faltan los elementos clave de la batalla. Nos hemos enfrentado a ellos tantas veces… Pese a la distorsión de la guitarra, oímos los disparos desde las líneas enemigas. Javier construye un muro con cuatro cuerdas de acero; Mar dibuja una valla electrificada con los dedos, que se agitan con expresividad durante la puesta en escena de «The Wheel»; una afilada nevada azota el escenario y deja copos de metralla en nuestro pelo.


En algún momento de la contienda, el periodista Curro Castillo se ha acercado a Lorenzo para afirmar: 
―Esta banda es un auténtico filón. Si continúan trabajando así de bien, conseguirán traspasar todas las fronteras que se propongan.
Curro nos ha acogido numerosas veces en los estudios de Onda Madrid. Siempre que lo visitamos, nos recibe con abrazos, haciendo gala de una calidez sin precedentes y empatizando en antena con nuestros valores.

Nos gustaría dejar claro que, cuando un concierto de Neverend termina, el fragor de la lucha continúa. La labor que defendemos no sólo consiste en lo que sucede bajo los focos. Hay un espacio muy amplio en el cual somos invisibles, y esa invisibilidad nos ayuda a seguir moviendo fichas, a trazar estrategias para vencer a quienes pretenden acabar con las creatividades hostiles, y a transmitir el código que vosotros, amigos de nuestra causa, descifráis, compartís y convertís en lo más singular del mundo.



Fotos: Carmen Zamora, salvo la posicionada en último lugar, anónima.


sábado, 15 de julio de 2017

El reto de «Rock Palace»: cuando la vida te da más oportunidades de las que esperabas

Algo tan nimio como la convergencia, en un mismo punto, de las lindes de tres o más estados distintos tiene una misteriosa trascendencia para algunos norteamericanos. Y, aun en el caso de que dicha trascendencia sea una falsa percepción por nuestra parte, no hay que obviar el provecho turístico que muchos sacan de este fenómeno invisible, impuesto por la imaginación de los humanos. De algunos humanos.

En el viejo continente, los requiebros de nuestros territorios no parecen ejercer esa atracción. Allí donde una persona puede poner cada pie en una provincia y las manos en una tercera, no suele erigirse ningún monumento, ni es probable encontrar turistas tomando fotos. Una alambrada con jirones de lana, una carretera que se adentra en un páramo amarillo o un polígono industrial por cuyas grietas brotan hierbas y arbustos espinosos… ¿Por qué unas líneas imaginarias deberían cambiar en algo la coherencia de estos paisajes? 


Hace varios meses, pusimos rumbo a una zona industrial parecida a la del tercer ejemplo. No teníamos muy claro en qué localidad nos encontrábamos, pues el complejo se alzaba en uno de esos puntos angulosos del mapa de Madrid, donde varios municipios se desgajan y confunden entre sí.

Nuestra cita de aquel día tenía que ver con Rock Palace, el programa online presentado por Carlos Escobedo. Si el vocalista de Sôber te invita a actuar en su magazine, frecuentado por grandes personalidades del rock español, no puedes hacer otra cosa que aceptar el reto y preparar una de las mejores actuaciones de tu vida: ser los elegidos conlleva una gran responsabilidad.

Un enigmático portón rojo, desprovisto de cualquier rótulo que confirme si la dirección que nos han dado es la correcta, sella herméticamente el interior de la tosca nave. Tan sólo una diminuta placa, con el motivo impreso de unos auriculares en torno a una onda sonora, nos sugiere que no nos hemos confundido de lugar. 

Según lo acostumbrado, Jorge y Javier son los primeros en llegar, no tanto por puntualidad como por la tendencia de nuestro guitarrista a volar sobre el asfalto. Su coche se posa justo delante del portón, con dos ruedas bloqueando la acera. Mar no tarda en aparecer: su diminuto Renault Twizy se cobija bajo una suerte de higuera que desborda el solar contiguo. El árbol salta por encima de la tapia como una inmensa ola verde y esparce sobre el vehículo unas semillas frágiles, de color azabache. 

Del fondo de un aparcamiento abarrotado, próximo al lugar de encuentro, emergen por fin David y Héctor. En el interior de la nave, los trabajos de rodaje han comenzado hace horas, ya que otros grupos ―entre ellos, nuestros compañeros de La Ley de Mantua― han sido citados el mismo día para grabar sus directos.


Un olor agrio, como a disolventes, llena el amplio espacio. Allí mismo, a pocos metros del portón, parece brotar del suelo la carrocería de un coche deportivo. Acaso es el fantasma del futuro automóvil, esperando su reencarnación. Alerones, llantas y otros componentes convenientemente personalizados pueblan la penumbra, vigilados de cerca por el compresor, el aerógrafo, las mascarillas que cuelgan con languidez de alguna plataforma que no acertamos a distinguir.

Siguiendo el ancho pasillo, un segundo departamento, más oscuro, inquieta al visitante con cabezas de maniquíes, garras de piel sintética, barras, cortinajes y ocultos decorados que, en su hacinamiento, llegan hasta el techo. Tan sólo el sentido común divide los departamentos según su temática, pues no existen biombos ni estancias en la inmensidad diáfana.

Finalmente, al fondo de la gran avenida interior, se aprecian la luz y las formas del plató. Los seguidores de Rock Palace ya conocerán los ladrillos sangrientos, el cartel corporativo, la atmósfera flamante y turbulenta; que una estructura tan frágil transmita esa sensación de firmeza a través de la mera imitación de la realidad es uno de los grandes logros de la historia del decorado.

De entre la multitud dispersa por el plató, aparece Lorenzo, nuestro mánager, para recibirnos como si la fría nave fuera su propia casa: enérgico, cálido y con los guantes de invierno aún sin guardar en el bolsillo.

―Vengo de hablar con ella ―nos dice, y señala con discreción a la mánager de la banda que acaba de grabar. Con el fulgor de los focos, apenas distinguimos a una mujer de voz grave, templada, que responde con locuacidad a las preguntas del equipo de Rock Palace―. Al final del rodaje, nos reunimos y os cuento. Son buenas noticias.

Con su habitual habilidad para subirnos el ánimo y, a la vez, intrigarnos, vuelve a desaparecer en busca de más relaciones humanas, de más conversaciones con desconocidos que, automáticamente, se transformarán en personas familiares.

«Descanso para comer», comienza a oírse por el espacio de trabajo, y bastan unas pocas repeticiones de esa frase para que, en pocos minutos, no quede ni un alma en el edificio. Junto a la entrada, una monstruosa caldera, funcionando al rojo vivo, invita a no salir fuera, allí donde las noches tiñen de blanco el asfalto.

La pausa, como todas las pausas, se hace breve. A la vuelta, procuramos montar a toda velocidad, ya con la llama de la prisa en el cuerpo, pues a nuestro alrededor no paramos de ver gente que mueve focos, carga equipos, desplaza las cámaras y sus estructuras sobre silenciosos raíles. Cuando ya nos encontramos en nuestros puestos, listos para hacer la prueba de sonido, un recuerdo fugaz pasa por la memoria de Mar: la fotografía de una aurora boreal que encontró hojeando una revista de viajes. Bastan, sin embargo, unos segundos para que nuestra cantante se ajuste los auriculares de su sistema In-Ear y les dé unos leves toquecitos con las yemas de los dedos, como si tal gesto ahuyentara cualquier distracción del subconsciente.


Lo que viene a partir de ahora es el proceso habitual de un concierto. Uno trata de dar de sí mismo todo lo que puede sobre las tablas e intenta mostrar la mayor superficie de alma posible a la hora de manejar su instrumento o su voz. 

La entrevista posterior a la actuación también te resultará familiar si has visitado Experienty.tv. Enseguida, llega el momento de pasar el relevo a nuestros compañeros de La Ley de Mantua, que esperan su turno sin alejarse demasiado de esa caldera de destellos ígneos, tan oportuna en la crudeza del invierno.

Aún nos queda tiempo, ya en la calle, para celebrar la reunión que habíamos acordado con nuestro mánager. Por encima de la nave, una torre de electricidad proyecta su silueta contra el atardecer de cobre.

―Tengo que contaros algo ―arranca Lorenzo con su habitual manejo de la intriga―. Todos habéis visto a Jenny, la mánager del primer grupo. Me ha comentado que organiza giras a nivel europeo, que tiene contactos en Alemania, Reino Unido… Esto os interesa, chicos. Nos van a suceder cosas muy buenas, pero tendremos que trabajar duro.

La esperanza viene acompañada de la necesidad de currárselo. Sólo pasando por ciertas dificultades, la esperanza acaba por convertirse en materia, en algo que puedes tocar y moldear a tu antojo.

Con estos pensamientos en la cabeza, Mar y su Renault Twizy desaparecen, dejando tras de sí un rastro de semillas azabaches. Del coche de Jorge tan sólo queda una fina nube de humo, en tanto que los demás nos hemos desvanecido tras volvernos cada vez más transparentes, como fantasmas en una película antigua. Los actores que graban al calor de los focos también desaparecen, al igual que la nave, los vehículos aparcados y el polígono industrial entero. Queda un campo yermo en el que las fronteras no tienen sentido.


Fotos: Lorenzo Sanz

miércoles, 22 de febrero de 2017

El día que la música volvió a las aulas

Creíamos que sólo acudíamos a una entrevista de radio. Sin embargo, lo que en principio parecía un ejercicio rutinario se iba a convertir en una gran experiencia. 

Tal vez, el gran error sea tomar como rutina esa operación por la cual, un periodista se interesa por tu trabajo y te abre las puertas de su casa. Cada conversación con un reportero, un locutor de radio o un seguidor, es única e insustituible.


Son las 9.56 de la mañana y nos encontramos ante el complejo Ritmo y Compás de Madrid. Es decir, todos menos Héctor, que, llegando tarde, está a veinte minutos andando de allí. Un amable desconocido, con idéntico destino que nuestro teclista, se ofrece de buena gana a acompañarlo durante el camino, ayudándolo a llevar sus bultos desde las frenéticas avenidas de Mar de Cristal hasta el citado complejo. Pese al nombre del barrio, tan evocador de límpidos rascacielos, predominan en la zona el hormigón y los parques parduzcos, con todos sus ramajes mustios, castigados por el hielo.
—No te preocupes —afirma el hombre—. Esto no es ningún esfuerzo para alguien que se ha pasado años montando antenas en Colombia.

Según se suceden las anécdotas, comienza a emerger del paisaje una tosca mole de color ceniza, algo así como un polígono industrial construido verticalmente, hallándose sus naves compactadas en una misma estructura de varios pisos. Las instalaciones de Ritmo y Compás ocupan sólo una porción de esta arquitectura monstruosa.
—Juanito es un tipo muy grande, ya lo verás —comenta el acompañante de Héctor en referencia a Juan Rodríguez, el locutor de LH Radio que nos va a entrevistar. Aunque ya sólo quedan unos metros para atravesar la puerta abierta del estudio, nuestro amigo tiene tiempo para referir algunas anécdotas más, enumerando las celebridades de la música con las que te puedes cruzar en estos mismos pasillos.

Por fin, los rostros familiares de los compañeros de Neverend emergen de la luz tibia de un local. Un cálido anfitrión tiende la mano al recién llegado y sonríe con placer cuando le explicamos que los bultos forman parte de un «Plan B», un pequeño concierto de piano y voz, alternativo al acústico habitual, con el que obsequiaremos a los oyentes del programa.

Una de las cosas que más nos agrada de nuestra conversación con Juan —tanto dentro como fuera de antena— es su facilidad para dejarse sorprender con nuestras historias y excentricidades. Realmente, tiene esa capacidad para hacernos sentir especiales, uno de los grupos más originales que haya pisado jamás este estudio. Lo sabemos: una sensación así no tiene por qué corresponderse con la realidad. Sin embargo, el mero hecho de transmitirla ya es un paso muy importante, pues la calidad de la entrevista decae si el invitado no está cómodo.


Finalmente, tras regalarnos un CD oficial del programa y estrecharnos las manos, Juan se despide así de nosotros:
—Ha sido un placer, chicos. Nos vemos el 3 de Febrero.
Una sombra de duda, como proyectada por un ave que vuela rauda, pasa ante nuestros ojos.
—Lorenzo no os lo ha dicho todavía, ¿verdad? —observa nuestro anfitrión al percibir cómo nos miramos entre nosotros, sin comprender sus palabras.

La historia, en efecto, continúa ese lluvioso 3 de Febrero. El cielo cerrado hace que los barrios de Alcorcón se envuelvan en un impermeable de penumbra. Por las alturas, algunos jirones de niebla se desvanecen, solitarios, en el laberinto de chimeneas y antenas.

Según nos han dicho, venimos a un evento promocional. Sin embargo, lo que nos espera tras los muros del Instituto Parque Lisboa es una experiencia mucho más valiosa. Apenas hemos tenido tiempo de descargar las cosas cuando, a la señal del timbre, un mar de adolescentes comienza a enredarse en madejas caóticas, protegiéndose en vano del mal tiempo o esperando su turno para comprar el desayuno en la cafetería.

Como embriagados por una extraña nostalgia —¡qué tiempos los del instituto!—, somos conducidos al salón de actos, entre cuyos bastidores resuenan las voces de Juan Rodríguez y Álex, de La Ley de Mantua. Sobre el escenario se ha conformado ya el ineludible paisaje de cables, micrófonos, mesas de mezclas y todo lo necesario para emitir un programa de radio en directo. La cantante Marta Mailén y Lorenzo, mánager de todos los artistas hoy citados, no tardarán en llegar.

Estamos a punto de participar en una jornada en la que los alumnos del centro, abarrotando el auditorio, podrán establecer contacto con músicos y también con el mundo de la radio. Los jóvenes no sólo asistirán a una suerte de pequeño festival en acústico, sino que podrán charlar con los artistas, conocer su mundo y sus inquietudes.


—Éste es un instituto bilingüe, así que os voy a lanzar un reto —propone Mar cuando nos llega el turno de actuar—. Vamos a tocar una canción que se llama «Unavoidable» y, cuando terminemos, tenéis que decirnos de qué va.
—La canción habla del miedo —afirma un alumno de la primera fila después de haber mostrado especial interés en la escucha. Su respuesta es mucho más firme que las de sus compañeros. El miedo. Dado el carácter intrigante de nuestras letras, las respuestas de estos jóvenes, en proceso de formarse, de forjar su personalidad, son profundamente originales. Y también brutalmente honestas.

En otro punto de la mañana, Juan, como presentador y moderador de la tertulia radiofónica, lanza otra pregunta:
—¿Cuántos de vosotros ha ido o va habitualmente a conciertos?
La gran cantidad de manos levantadas nos emociona y nos hace pensar en la prohibición que, hasta hace muy poco, impedía a los menores de edad entrar en salas de conciertos.

Tal vez por estos instantes, por esta clase de cuestiones que compartimos con los jóvenes o por la naturaleza misma del evento, se nos antoje que hay algo de reivindicación en él. Se reivindica el libre acceso de los jóvenes a la cultura; se reivindica también que, en un país castigado por infames reformas educativas, donde la enseñanza musical se arrincona cada vez más al fondo del desván, los alumnos puedan conocer de primera mano a músicos y compartir momentos de creatividad con ellos. Tal como nos decía un seguidor a través de Facebook, «el hábito de acudir a actos culturales se debe enseñar también».

La guinda del día la ponen los propios alumnos cuando, de forma completamente natural, desobedeciendo incluso las indicaciones de sus profesores, se agolpan alrededor de los músicos con sus cuadernos en la mano: es hora de firmar autógrafos.


No debemos ignorar el hecho de que cada artista escribió dedicatorias para jóvenes muy distintos. De pronto, reparábamos en que cada uno de nosotros había cosechado su propio público y que, por ejemplo, las chicas y chicos populares no acudían a los mismos artistas que firmaban para los alumnos aplicados. 
Hemos de confesar que aquéllos que se identificaron con nosotros tenían que ver más con este segundo grupo. Casi podías intuir en sus miradas una cierta sensibilidad: tal vez, iban a actividades extra-escolares y tenían ambiciones mayores que las de otros compañeros. A algunos de ellos les vimos subir después al escenario, empuñando un instrumento musical.

Fuera, continúa cayendo un aguacero estremecedor. Sin embargo, algo cálido se nos ha quedado dentro, pues no parece importarnos demasiado que las cortinas de agua empapen nuestro pelo y se estrellen contra las fundas de los instrumentos. Pacientemente, los vamos guardando en los coches.

Quizás este día nos ha traído recuerdos, vivencias antiguas, o quizás nos hemos concienciado de la necesidad de hacer incursiones educativas como ésta, de mojarnos para cultivar con mimo el futuro. En cualquier caso, lo de hoy ha sido mucho más que un evento promocional, mucho más que una mera entrevista concedida un frío día de invierno: al fin y al cabo, ¿quiénes somos nosotros para tachar de rutina todo lo que una mano tendida, todo lo que una voluntad inquieta nos puede ofrecer?

miércoles, 18 de enero de 2017

Cinco horas con Marillion: viaje al corazón del laberinto

Desde que Jorge salvó al cantante de The Mars Volta de caer al foso de la Riviera, un aire de rock progresivo se ha ido colando por los resquicios de Neverend. Si bien no somos una banda que practique dicho estilo, aquella mano tendida en el momento justo pareció contagiarse de un cierto hechizo, una suerte de encantamiento con el cual, los norteamericanos darían las gracias a nuestro guitarrista por haber salvado su actuación.

Consciente de esta sutil afinidad, Lorenzo, nuestro mánager, no perdió la oportunidad de ponernos en contacto con dos personas significativas dentro de la escena progresiva británica: Steve Hogarth y Steve Rothery, parte esencial de los veteranos Marillion, que recalaban en España para promocionar su último disco «FEAR (Fuck Everybody And Run)».


Todavía rondan en la cabeza de Mar las notas solemnes de este trabajo cuando, a las 9.30 de una mañana de otoño, atraviesa el umbral de un hotel de la calle Alcalá: un edificio de aristas gélidas e interiores pulcros, la viva demostración de que no se puede aparentar lujo y sobriedad a un tiempo sin enrarecer el ambiente.

Un primer café con Lorenzo y Luis Manuel, promotor literario y amigo de Neverend, es el pistoletazo de salida para un día no tan cargado como estas tazas que, recién servidas, humean sobre la caoba. Mar recuerda el café intrincado de sus tiempos de estudiante en Siena: sus compañeras de apartamento lo preparaban de forma que podías mascar los trocitos de café a cada sorbo. Desde entonces, sólo toma té.

Lo bueno de relacionarse con artistas es que la normalidad del día a día se quiebra con sus excentricidades. Así, cuando la cotidianidad de este vestíbulo de hotel comienza a resultar opresiva, aparecen Rothery y Hogarth para hacerla saltar por los aires. 

El primero es guitarrista de la banda desde los tiempos en que ésta se bautizó con un nombre muy tolkenianoSilmarillion. Su calma, su timidez sosegada, contrastan con la locura ―entrañable― de su compañero. Y es que Hogarth, sin perder la indispensable elegancia, se muestra como poseído por un frenesí que lo asemeja a una suerte de duendecillo; un personaje mitológico que, a pesar de su liviandad, siempre está ahí para sacarle al héroe las castañas del fuego.
―Permíteme que alabe tu corte de pelo, Mar ―dice el duende y actual vocalista de Marillion antes de pedir un café. El resto de los presentes, por empatizar, pide su segunda taza.


Durante la entrevista, Marillion nos hablan de la canción «New Kings» y sus implicaciones políticas. Los «nuevos reyes» a los que apelan las letras de esta extensa suite no son sino las multinacionales y los bancos. Como cabía esperar, sale a colación el tema del Brexit:
―Es una pesadilla ―sentencia Hogarth antes de pedir otro café. El resto de los presentes, por empatizar, pide su tercera taza.

Dada la simpatía del cantante de Marillion y la afabilidad de su guitarrista, la entrevista acaba por alargarse. Así, con el tiempo encima, los presentes han de partir a toda velocidad para atender un sinfín de entrevistas de radio: LH Radio, Mariskal Rock, Canal Extremadura… La misión de Mar en todas ellas es valerse de su bilingüismo para hacer de intérprete entre el locutor y los músicos.

Los momentos fuera de antena dan pie a conversaciones más o menos eruditas sobre referencias musicales, pinceladas de esto o lo otro, este o aquel disco de culto y, por supuesto, el Brexit. En Mariskal Rock Radio, Mar rompe sin querer el molde de la conversación al comentar que algunas partes del disco le recuerdan a una escena de «Dentro del laberinto»: aquélla en la que David Bowie entona «Within You» rodeado de escaleras que no llevan a ninguna parte, de corredores que precipitan al transeúnte al vacío. 

Según escucha esto, Steve Rothery no puede disimular las líneas de perplejidad en el rostro. Con su habitual afabilidad, cuenta cómo una sutil presencia le acompañó durante la composición de los temas del disco: era la del propio Bowie, que se le representaba en la mente y le inspiraba nuevos pasajes. Aún se hallaba enfrascado en el proceso de grabación cuando le llegó la triste noticia: el camaleón del rock había muerto.


Nos es imposible contar aquí todas las anécdotas de una mañana tan intensa: los nervios de Pedro Barroso por entrevistar a sus ídolos en su programa de Canal Extremadura Radio, la periodista que se solidariza con Mar al darse cuenta de que son las únicas mujeres en una sala atestada de medios ―«¡Sororidad, Mar!»― o el momento en que Steve Hogarth se encapricha de unos patitos de plástico, diseñados para sostener los menús de un restaurante asiático.

Tras rogar en vano a los camareros que le obsequien con uno de estos patitos, el cantante pide un café para bajar la comida. El resto de los presentes, movido no tanto por la empatía como por la costumbre, pide su novena taza.

Lo bueno de estos días, tan cargados como el café en una residencia de estudiantes, es que se tiene la sensación de haber hecho cosas muy fructíferas: nuevos amigos, nuevas anécdotas que contar, nuevos pinitos en el duro arte de la traducción simultánea… Mar piensa en ello una vez se ha quedado sola, momentos después de despedirse de todo el mundo. Piensa también en Bowie, en Prince, en todos los grandes músicos que nos han dejado el último año, tan pronto y tan de repente.

De forma inesperada, una llamada desde el interior del hotel interrumpe sus reflexiones: la recepcionista agita en su mano una botella de vino de Rioja, un regalo que los chicos de Marillion han olvidado. Ni corta ni perezosa, Mar agarra la botella y corre detrás del coche en marcha en el que los británicos se dirigen al aeropuerto. Un milagro del destino, tal vez un semáforo en rojo, propicia que el automóvil se detenga y, tras la negrura de una de las lunas, aparezca el rostro sonriente de Steve Hogarth.
―Oh, Mar! Thanks a lot!

En la película «Dentro del laberinto» hay otra escena en la que un personaje, liviano pero crucial, aparece para aconsejar a una jovencísima Jennifer Connelly: ella cree que no se encuentra en un laberinto, sino en una avenida que sigue y sigue sin parar. Este personaje, un gusano de un color muy vivo, le sugiere que no dé las cosas por sentadas, pues las múltiples entradas al laberinto están abiertas allí mismo, en los muros, aunque ella no las vea.

Hay algo muy revelador en esta escena. Cuántas veces nos habremos lanzado a un desastre seguro por hacer las cosas mal, por pensar que sólo había que seguir el camino recto en lugar de buscar la entrada del laberinto e internarse en él. A veces, tenemos la suerte de que una voz nos para los pies en el momento oportuno: un amigo, un mánager, alguien en un papel parecido al del gusano de la película o quizás el hechizo que tu ídolo te lanzó a cambio de salvar su actuación ―y quien dice actuación, dice botella de Rioja. ¿Por qué no?

viernes, 4 de noviembre de 2016

Neverend en la sala Arena: detalles, emociones y retos del concierto de nuestras vidas

Dicen que se trabaja mejor bajo presión, sufriendo algún tipo de adversidad o encontrándose con una senda rebosante de obstáculos. Dicen también que el camino nunca es recto ni llano y que, en caso de serlo, los resultados son mediocres.

Una vez más, en el grupo hay diversidad de opiniones al respecto, de manera que, mientras algunos nos mostramos de acuerdo con estos preceptos, otros los rechazamos contundentemente, viéndolos como parte de una doctrina capitalista orientada a educar en la sumisión. Sin embargo, independientemente de nuestros criterios individuales, en Neverend siempre acabamos esforzándonos al máximo, trabajando y complicándonos la vida con tal de cumplir un único fin: marcar la diferencia.


Un hito importante en nuestro historial de adversidades es el que comienza con una lluvia torrencial y una cantante con la garganta dolorida. Como ya habréis adivinado algunos, Neverend estábamos a punto de afrontar, en esta tarde de perros, uno de nuestros grandes conciertos de la temporada en la sala Arena (antigua Heineken) de Madrid. Lo haríamos en compañía de La Ley de Mantua, Killing Pete y un público especialmente entregado.

Dos días llevaba Mar completamente muda, evitando emitir sonido alguno para retrasar esa afonía que amenazaba con apoderarse de su voz. En un momento dado, extrajo de su mochila una libreta y mostró a Héctor, nuestro teclista, lo que había escrito en ella: «Acompáñame a una farmacia». Y, así, a través de un papel ajado por la humedad, se fue comunicando Mar con todo aquel que la necesitase.
–Explícale que soy cantante, que actúo esta noche y necesito un remedio muy fuerte para estar a punto –anotaba Mar en su cuaderno.
–Este medicamento se lo recomendé a una cantante de ópera –relataba la farmacéutica con una voz templada, como de actriz de doblaje–. Al día siguiente, vino expresamente para agradecérmelo. Por lo visto, salvé su actuación.

Y, de regreso a la sala, soportando un aguacero propio de una escena de Blade Runner o Seven, nuestra cantante escribía: «No me fío de los homeopáticos. Voy a cruzar los dedos y a pensar que va a funcionar».


Una de las cosas más intrigantes de la Arena es ver cómo, bajo el resplandor de las luces de sala, el recinto se revela mucho más pequeño de lo que el espectáculo de iluminación –a veces del color del magma, otras como un fondo oceánico– deja entrever. Bajo el fulgor mortecino, no sólo se realizó la habitual prueba de sonido, sino que fuimos configurando las sorpresas que iban a decidir el éxito o el fracaso de nuestra actuación.

Las integrantes del coro que, durante la interpretación de Ruins, iban a cubrir su rostro con una máscara, se mostraban envueltas en sus abrigos, tratando de guarecerse de ese frío que te hace la vida imposible una vez que la lluvia te ha llegado hasta los huesos. Por su parte, Gala, la violinista, ocupaba un lugar lo suficientemente próximo al clarinete como para dar a Neverend un inusual aspecto de conjunto de cámara, de ensemble de música clásica.

Nuestro manager observaba la escena en lo alto de la sala VIP, la cual contaba con un balcón para ver las actuaciones desde un punto de vista privilegiado. «Verlo desde aquí impone mucho», nos confesaba. Desde ese mismo lugar, contemplaría Javier, nuestro bajista, la actuación de Killing Pete, envuelto en el mismo halo de melancolía. Puede que la perspectiva fuera propia de una divinidad o de un maestro titiritero que maneja despóticamente sus marionetas, sin embargo, observarlo todo desde allí arriba te hacía sentir muy pequeño, como un alma doblegada por las flaquezas de la gente corriente.

Faltando cada vez menos para nuestra salida al escenario, la puerta entreabierta del backstage revelaba una conversación.
–¿Qué tal, Álex? ¿Cómo llevas los nervios? –preguntaban a nuestro compañero de La Ley de Mantua.
–Fatal, tío. Cada vez que salgo al escenario, me siento como en mi primer concierto.
–En realidad, eso es lo bueno. Yo, en cambio, salgo demasiado tranquilo y me olvido de lo que realmente importa.

El resto de la historia ya lo sabéis, bien porque fuisteis al concierto o bien porque habéis leído las crónicas.


Nos queda la duda de si la medicina homeopática funcionó realmente o si fue el profundo silencio de Mar el que mantuvo su garganta a salvo. Tan sólo habló para atender una entrevista, por no quedar como una borde. Al final, su voz se proyectó del modo al que nos tiene acostumbrados, con el ímpetu de una masa enfurecida tratando de derribar un muro y con la dulzura de una persona muy cercana que te susurra: «No estás solo».

Dicen que las adversidades que te encuentras por el camino determinan los resultados, que el riesgo de fracasar es más alto, pero los triunfos son más grandes. Tal vez sea la doctrina de un capitalismo decadente o tal vez las palabras de un gran sabio, pero, en cualquier caso, la experiencia que hemos cosechado después de tropezar y partirnos los dientes ha sido más que satisfactoria. Lo más seguro es que sigamos acumulando dolores con tal de ofrecer lo mejor de nosotros, con tal de cumplir nuestra pequeña y extravagante obsesión: distinguirnos del resto.